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A todos nos asusta contagiarnos de Coronavirus y nos preocupa que llegue a afectar a nuestros seres más queridos. Con un total de 14 mil 540 casos (hasta el momento) confirmados, seguramente algunos de ustedes ya están viviendo ese drama. Me solidarizo con todos ustedes y espero que encuentren serenidad en este difícil camino. No podemos ignorar que ese no es el único drama que muchos están viviendo. El alcance del Covid-19 es fuerte y afecta también a otros que, no necesariamente son personas contagiadas del virus. Ellos son las otras víctimas del Covid-19.

 

Ya bastante se ha dicho sobre el Covid-19 y las muertes derivadas por la enfermedad, los excesivamente largos tiempos de recuperación, los tratamientos más efectivos que van cobrando reconocimiento internacionalmente, etcétera. Eso es materia de la nueva CopreCOVID con el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social. Pero poco se ha dicho de estas otras víctimas. Me refiero a los miles de miles de niños que sufren de desnutrición crónica infantil que se quedaron sin la ayuda necesaria para enfrentar este flagelo, las personas que han dejado de acudir a sus tratamientos de diálisis o cáncer, diabéticos que no han podido recibir la atención adecuada y muchos otros guatemaltecos que sufren de enfermedades crónicas.

 

Esta semana se hizo pública la noticia que la cartera de salud redujo su presupuesto destinado a programas contra la desnutrición, y trasladó dichos fondos al combate de Covid-19. Este reajuste también alcanzó a programas que tratan pacientes con VIH/Sida y tuberculosis. Son un total de cinco programas afectados, e implica una reducción de Q625.5 millones.

 

Es comprensible que se requieran readecuaciones presupuestarias y que se estén buscando recursos para atender una crisis imprevista, sobretodo cuando se trata de una de las crisis más grandes que ha vivido la humanidad en el último siglo. Sin embargo, no hace sentido que la cartera de salud apenas ha ejecutado el 4 por ciento de los recursos específicos para atender la emergencia, y aproximadamente el 40 por ciento de su presupuesto ordinario. Tienen frente a ellos una crisis de salud gigante, pero no están ejecutando los recursos necesarios para atenderla, a la vez que están desfinanciando programas que ayudan a cierta población vulnerable.

 

Otras víctimas del Covid-19  son la economía y los ingresos familiares. El 70 por ciento de las familias reportan una reducción en sus ingresos. Son los niveles socioeconómicos más bajos los que reportan mayor porcentaje de afectación. De enero a mayo el IGSS reporta una reducción de 15.7 por ciento de empresas afiliadas, 19.3 por ciento en los aportes y 4.9 por ciento en número de afiliados. ¡Esto es dramático! Hemos perdido la quinta parte de las aportaciones y se redujo la nómina de nuestro país dramáticamente. Sin duda, se afectaron los ingresos de los guatemaltecos, ingresos que son destinados para pagar casa, pagar comida, pagar facturas de salud, etc. Un crudo rasgo del Covid-19 ha sido la irregularidad de su impacto, ya que afecta a ciertos individuos, familias y comunidades, muchísimo más que a otros.

 

Sin duda, enfrentamos un panorama sombrío. Conforme los hospitales se llenan por Covid-19 y conforme crece el nerviosismo por acudir a un centro de salud por otros padecimientos, veremos un efecto de incremento en mortalidad derivado de otras causas. Ese es el efecto de exclusión de los hospitales.

 

La normalidad que conocíamos ya falleció. No solo no podemos, sino que no debemos, regresar a lo mismo. Hacerlo sería un grave error, sobretodo si ya hemos visto las evidentes disfuncionalidades. Abracemos la tecnología y la innovación para inventar una nueva realidad. Promovamos la innovación, y demos paso a la creatividad para pensar en sistemas integrales que despierten nuestra economía y promuevan el desarrollo de las personas y el sector privado. Debemos reinventarnos. Debemos ver esta situación como una oportunidad para generar nuevas formas de hacer el trabajo diario.

 

Tenemos que entender que sería inadmisible volver a un escenarios de disfuncionalidad institucional como el que hemos vivido a lo largo de esta crisis. Nos tocará asumir el trabajo, no de filantropía, sino de catalización y construcción de esa nueva fortaleza institucional de nuestro sistema de salud. Seguiremos tabulando más víctimas directas o indirectas, mientras no hagamos algo.