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Muchos países en el mundo ven una luz al final del túnel y empiezan a relajar sus restricciones. Me pregunto si, en nuestro país, estamos viendo una luz al final del túnel o es un tren que viene en dirección opuesta.

 

La situación que se vive en ciudades del primer mundo, como Nueva York, es sumamente lamentable. La cantidad de muertes son innegables. Sin embargo, recientes estudios evidencian que la tasa de infección es muchísimo más alta de lo que reflejan las cifras oficiales. Uno de ellos es el de la Universidad de Stanford, casa de estudios que realizó la primera prueba de anticuerpos de Covid-19 en un condado de California, Estados Unidos. El fin de este estudio era determinar la verdadera velocidad de infección y tasa de mortalidad del Covid-19. Los resultados mostraron que el verdadero número de casos en esta comunidad era 35 veces mayor de lo que reflejaban las cifras oficiales. Esto se debe a que muchos de los pacientes contagiados por el virus son asintomáticos, o bien muestran síntomas muy leves. Al ajustar por el número de contagios, los investigadores también descubrieron que el porcentaje de letalidad baja al 0.3 por ciento. Eso significa que, relativo a los modelos iniciales, la enfermedad es mucho más contagiosa de lo que creíamos, pero mucho menos letal.

 

En los hospitales de la ciudad de Nueva York, se realizaba la prueba de Covid-19 como requerimiento a todas las mujeres que estaban por dar a luz. Sé de una fuente fidedigna que, en el pico, el 30 por ciento de ellas daba positivo. El hallazgo encaja con el estudio de Stanford y corrobora una mucho mayor propagación entre pacientes asintomáticos. A pesar de las 12 mil muertes que han habido en Nueva York, el sistema de salud fue capaz de absorber la demanda y de ofrecer hospitalización, cuidados intensivos y demás, a todos los que realmente lo necesitaron.

Pero, eso es en Nueva York, “la gran manzana”, uno de los centros económicos más importantes en todo el mundo. En otros países de Latinoamérica la situación ha sido muy distinta, un ejemplo es México, en donde el sistema de salud se desbordó por completo. El presidente Andrés Manuel López Obrador, y su secretario de salud, Jorge Alcocer Varela, ya lo han descrito como “un desastre”. Aunque las cifras oficiales indican que hay 16 mil casos activos y 1,569 muertes, en la práctica estos datos seguramente son mucho más altas.

 

Ninguno de nosotros queremos que, en nuestro país, la necesidad de hospitalizaciones rebase nuestra capacidad instalada. Contamos con 51 hospitales con aproximadamente 8 mil 100 camas. Pero nuestro sistema de salud se mantiene con una ocupación de alrededor 89 por ciento, lo cual complica el panorama. Se estima que tendremos disponibles 300 camas para cuidados intensivos y 1,920 camas adicionales en 5 hospitales nuevos.

 

Guardando las distancias del caso, por temas de densidad poblacional, la población de Guatemala y Nueva York es relativamente parecida en número de habitantes. Nueva York tuvo 40 mil 188 hospitalizaciones a lo largo de los últimos 57 días. ¿Tenemos en Guatemala la capacidad de absorber esos 40 mil pacientes en 57 días? No.

 

Aunque el Covid-19 parece ser no tan letal, se complica cuando se conjuga con otros factores de riesgo, tales como obesidad, diabetes, hipertensión, historial de infecciones respiratorias, edad mayor a 70 años, entre otros. Derivado del uso de leña en hogares guatemaltecos, tenemos una alta tasa de problemas respiratorios. Tan solo en 2019, según el Ministerio de Salud, hubo 3.6 millones de casos de infecciones respiratorias agudas. La letalidad del Covid-19 es muchísimo más elevada cuando existe una pre condición o si, cuando llegamos al hospital, no hay una cama disponible. Estos dos factores podrían ser un agravante para Guatemala.

 

En todo esto, no podemos ignorar que el alcance del Covid-19 va mucho más allá que una situación de salud. Nuestra población más vulnerable ha sido la más afectada por esta crisis. Muchos me escriben en redes sociales compartiendo la desesperación que sienten al haber perdido su empleo o su forma de sustento. Los esfuerzos del gobierno han sido un gran paliativo, pero tampoco son suficientes ni sostenibles para abarcar la enorme población que día a día se va quedando sin fuente de ingreso.

 

Indudablemente, debemos activar la economía, pero respetando rigurosos esquemas de distanciamiento social, uso de mascarilla, protocolos de higiene y demás medidas. El mantener ese relativo grado de apertura será función de mantener las hospitalizaciones por debajo de la capacidad hospitalaria instalada en Guatemala. Si queremos más apertura hay que instalar más capacidad o reducir la tasa de contagio. Debemos preparar al sistema médico con sentido de urgencia, dotándolo de más camas, más equipo de protección, más insumos, etcétera. Esto determinará qué tan rápido podemos volver a la “normalidad”.

 

Además, debemos activar un sistema de trazabilidad de contactos y sistemas de auto-detección para identificar posibles contagios. Hacerle pruebas a estos posibles contagios, requiere sistema logístico de levantamiento de muestras a domicilio, puntos de trabajo, entre muchas otras cosas. Debemos también tener un control efectivo de cuarentenas, para que así las personas contagiadas no salgan a las calles a contagiar a otros, y activar un protocolo de cuidados en casa incluyendo oxímetro. Finalmente, necesitamos tener medidas de prevención en puestos de trabajo. Esto incluye túneles de desinfección, toma de temperatura, pruebas de síntomas, protocolos de distancia, uso de mascarillas, etcétera. Otro aspecto importante para considerar es llevar a cabo estudios epidemiológicos utilizando pruebas serológicas para dimensionar el esparcimiento del virus en nuestra población.

De aquí en adelante, esta será una especie de danza entre la capacidad que tienen nuestros hospitales y la capacidad que tenemos para reducir la tasa de contagio del virus. Si la cosa va caminando bien, seguramente se irán relajando las medidas. Quizás es demasiado pronto para saber si es una luz al final del túnel o un tren que viene en nuestra contra. Pero la respuesta tiene mucho que ver con las acciones que llevemos a cabo en los próximos quince días. Insto a nuestras autoridades a que nos dirijan a la luz, con las decisiones y medidas correctas, y no se apresuren a que nos estrellemos.