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Durante las últimas semanas nuestra región arde en llamas. Perú, Chile y Ecuador han sido escenario de fuertes levantamientos de la población que han desembocado en violencia. Se siente que este fuego se esparce en toda Latinoamérica. El peligro es que nos alcance a nosotros también. ¿Podemos prevenirlo?

Los estallidos sociales en Chile y Ecuador han sido históricos. Ambos han dejado como resultado decenas de muertos y cientos de heridos, destrucción masiva y millones en pérdidas materiales, tanto públicas como privadas. En el caso de Ecuador, a sugerencia del Fondo Monetario Internacional, el presidente Lenín Moreno anunció el “plan de austeridad”, el cual incluía la eliminación de los subsidios combustibles. Esto encareció el precio de la gasolina y, por consiguiente, el del transporte público. Tan solo dos semanas después, Chile vivió una historia similar. El presidente Piñera anunció un incremento de 30 pesos chilenos (lo que equivale a 30 centavos guatemaltecos) en el precio del pasaje del metro. En ambos casos, esto representó la chispa que activó el fuego.

Ciertamente la llanura estaba seca. Pero este fue un incendio provocado. Alguien acercó la chispa y sopló las brasas para que el fuego ardiera. Se sospecha de la influencia de Venezuela y el régimen de Nicolás Maduro. Lo escalofriante es que esto es parte de una estrategia deliberada de incitación a la violencia y a la desestabilización. Estrategia de terror que Diosdado Cabello, alfil de la cleptocracia, califica como tan solo “la brisa”. Según Cabello, “viene un huracán bolivariano”. Este régimen es nada más y nada menos que una red terrorista, dedicada a dominar el terror y propagarlo por todos los rincones.

A mí me resulta completamente incomprensible el cinismo con que estos dictadores defienden un modelo cuyo efecto es contrario al que prometen y cuyo logro es empobrecer a un país petrolero como lo es Venezuela. Es inaudito cómo se esfuerzan por “exportar” al resto de nuestro continente un modelo económico fallido. Pero quizás, ese es el error. No se trata de un modelo económico, se trata de una estrategia parasitaria de sobrevivencia.

Cuba mató su “gallina de huevos de oro”. Venezuela, sede de las reservas más grandes de “oro negro” del mundo, ya ni siquiera puede explotar su petróleo. Así que, ¿qué pretenden? buscan otras “gallinas” para sobrevivir. Es decir, países prósperos con abundantes recursos naturales que puedan saquear. Seguramente eso será una fuente de ingresos temporal, ya que el único ingreso que sobrevive la muerte del país anfitrión es el tráfico de ilícitos. Usan el mosquito de enfermedad aviar para viajar sin ser detectados y esparcir su virus en la región. Claro que encuentran poblaciones con bajas defensas, lo que nos hace a todos más vulnerables y susceptibles a infección.

La retórica populista bolivariana, aunque totalmente divorciada de sus efectos económicos, es seductora y está siendo utilizada por Venezuela para promover la desestabilización de la región. La Organización de Estados Americanos (OEA) lo ha advertido. Medios internacionales afirman que Maduro ha enviado a delegaciones de “terroristas” venezolanos para provocar desorden y destrucción en estos países víctimas. El mismo Maduro se jacta: “vamos mejor de lo que pensábamos. Y todavía falta”.

Lo que preocupa es que, si países con mejores indicadores sociales que nosotros (como Chile) estén en llamas, naciones como la nuestra son aún más susceptibles a estos fuegos. La única forma de no caer en esta trampa populista es consensuar y comunicar ampliamente esa hoja de ruta que nos llevaría a tener instituciones incluyentes y a la generación de oportunidades.

En Guatemala, estamos a pocos meses del cambio de gobierno y las expectativas de la población son altas. Esta puede ser nuestra última oportunidad para lograr las reformas estructurales que tanto necesitamos en áreas prioritarias como servicio civil, control de gasto público y corrupción, independencia judicial, acceso universal a la justicia, formalización de la economía, entre otros.

Ya no hay tiempo. Es momento de acelerar el paso y caminar hacia el desarrollo incluyente que transformará nuestro país. No dejemos que nuestro país arda en llamas. Sabemos que nuestra milpa esta seca. Debemos cuidarnos de las chispas mientras trabajamos en instalar nuestros equipos de irrigación. No dejemos que estos populistas (de cualquier bando) nos seduzcan con sus falsas promesas.